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CONCEPTOS CLAVES DEL LIBRO DE CRÓNICAS

Por cristianogiv - 7 de Agosto, 2006, 17:45, Categoría: General

Si desea acceder a todos los capítulos de este blog, haga click a la izquierda arriba en categoría "General".


APROXIMACIÓN A CRÓNICAS (7)


SÉPTIMA PARTE

CONCEPTOS CLAVES DEL LIBRO DE
CRÓNICAS


No es suficiente echarle una simple ojeada a las lecciones de Dios; se hace necesario diferenciar los principios y establecerlos como normas en nuestra conducta. Para esto se necesita a su vez distinguir los puntos cruciales, los conceptos claves, y clavarlos de tal manera en nuestro corazón que, ojalá, por la gracia de Dios nunca se aparten de nosotros. Son los conceptos claves los que purifican lo fundamental de la visión gobernante. Sin un firme establecimiento de los conceptos claves, se desdibuja el cuadro y se pierde la efectividad e incluso la dirección. Es esa la razón por la que coloco como final capitulo en esta obra, este relacionado con los conceptos claves del libro de Crónicas.

No quisiera que al terminar de leer esta obra, algún eventual lector se fuera con una imagen equivocada.


Por causa de los ataques que ha recibido el libro de Crónicas, nos hemos tenido que tomar la molestia de ser un poco densos en algunas cuestiones secundarias de tinte académico; pero, como dijimos al comenzar esta obra, el interés de Crónicas y el propósito clave de su existencia como libro canónico es fundamentalmente espiritual.

Hemos sostenido que Crónicas es una recapitulación supletoria fundante veterotestamentaria tipo de la economía divina; por lo cual, como eslabón rubricante intertestamentario que es, conviene que discriminemos de entre todo su contexto los distinguidos conceptos claves, los cuales son aquellos que nos entregan la llave del libro y de su conexión con todo el resto de la revelación divina escrituraria.


Sin pretender ser exhaustivo, y menos fanáticamente dogmatista, presentamos a continuación una consideración de conceptos claves del libro. Son estos los siguientes:


1 - El Corazón de Dios (1 Cr.17:19; 2 Cr.7:16).

2 - El Propósito de Dios (1 Cr.17:19).
3 - La Causa de Dios (2 Cr.10:15).
4 - El Plano de Dios (1 Cr.28:11,12,13,19).
5 - La Tierra de Dios (2 Cr.7:20; 1 Cr.22:18).
6 - La Jefatura de Dios ( 2 Cr.13:12).
7 - La Obra de Dios (1 Cr.26:30).
8 -  La Congregación de Dios (1 Cr.28:8).
9 - La Guerra de Dios (1 Cr. 5:22; 2 Cr.20:15;32:8).
10 - El Ejército de Dios (1 Cr.12:22),
11 - El Terror de Dios (2 Cr.14:14; 17:20).
12 - La Salvación de Dios (2 Cr.20:17).
13 - La Paz de Dios (2 Cr.15:15).
14 - Las Ciudades de Dios (1 Cr. 19:13).
15 - Los Asuntos de Dios (2 Cr.19:11).
16 - Los Jueces de Dios (2 Cr.19:6).
17 - La Casa de Dios (1 Cr.17:12,14; 22:10).
18 - El Ministerio de la Casa de Dios (1 Cr.23:24).
19 - El Trono de Dios (1 Cr.29:23).
20 - El Reino de Dios (1 Cr.17:14; 28:5; 2 Cr.13:18).
21 - La Gloria de Dios (2 Cr.5:14)

Son estos veintiún items los que aparecen como mayores en el desarrollo de todo el programa, si bien no afloran a la superficie en el texto en un orden estrictamente cronológico secular, pues el negocio de Dios es trascendente.


Sin embargo, el aflorar de tales conceptos a lo largo de las diversas narraciones, nos revelan la directriz subyacente, y la visión gobernante. De modo que necesitamos sumergirnos a través de estas veintiuna claraboyas hacia la profundidad subyacente por donde corre el río del Espíritu. No debemos perdernos en la apariencia de los accesorios secundarios. 21=3x7. Tres (3) es número de Dios, y '7 el de Su completa obra. 21 entonces representa la incidencia de Dios para completar Su obra. Bástenos, pues,  por ahora , estas 21 señalizaciones.



A. El Corazón de Dios


"Oh Jehová, por amor de tu siervo y según tu corazón, has hecho toda esta grandeza, para hacer notorias todas tus grandezas" (1 Cr. 17:19).

"Porque ahora he elegido y santificado esta casa, para que esté en ella mi nombre para siempre; y mis ojos y mi corazón estarán ahí para siempre" ( 2 Cr 7:16).


¿Qué puede haber más central que Dios mismo y que su propio corazón? lo que Dios mismo es, su intrínseca naturaleza, es lo que a Dios mueve. Su beneplácito es inherente a su calidad. Que Dios haya tenido a bien revelar a los hombres lo que tiene en su corazón, es lo mismo que el que haya querido manifestar su propia naturaleza. Dios hace todas las cosas según su corazón. Lo que le place es lo que se propone y su naturaleza es expresa cuando obra según su corazón: Sus afectos más íntimos. El corazón de Dios está en participar sus grandezas a su casa. Su casa está en su corazón y según lo que está en su corazón realiza sus grandezas y las hace notorias.


El apóstol Pablo escribió a los Efesios: ".... Dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo..." ( Ef.1:9). Del corazón de Dios brotan todos sus hechos. Él ha dado a su pueblo su propio Espíritu, el cual conoce las cosas profundas de Dios (1 Co. 2:11,12 ) y nos revela lo que Dios nos ha concedido. Jesús dijo que de la abundancia del corazón habla la boca. Así también, cuando Dios habla va revelando su corazón, sus afectos, su beneplácito. Y eso que a Dios le place es lo que se ha propuesto; y no existe criatura en el universo que pueda impedirle realizar lo que se ha propuesto en su corazón. La preeminencia de su Hijo es un objetivo revelado por Dios, para la cual existe entonces una creación, de entre la cual, su casa será el lugar de reposo, el Cuerpo de Cristo. Su casa, pues, como extensión de su Hijo, está en su corazón, para llevar adelante este propósito de hacer a su Hijo, primogénito entre muchos hermanos, y a éstos hacerlos coherederos suyos, conteniéndose y expresándose en ellos para a través de ellos ejercer el señorío; para esto Dios ordena las cosas, incluso las desagradables, las que sin otra visión serían incomprensibles. Es el corazón de Dios el que se ha placido en hacer notorias sus grandezas, y el que ha colocado a su casa como objeto de sus afectos.


El corazón de Dios es el inicio de todas las cosas; las iniciativas proceden de su corazón. Su corazón es, pues, fundamento de su propósito. De su corazón es que el tal brota, por lo cual no puede ser otro que este el siguiente ítem. Las palabras de Dios a David se conectan con la eternidad.



B. El Propósito de Dios


"Oh Jehová, por amor de tu siervo y según tu corazón, has hecho toda esta grandeza, para hacer notorias todas tus grandezas" ( 1 Cr. 17:19).

Leemos ahora el mismo verso inicial del ítem pasado, pero poniendo el acento en una frase posterior. Primero enfatizamos la existencia de un beneplácito en el corazón según el cual Dios conforma todas sus obras. Ahora el énfasis recae en el qué específico de su propósito: "Para hacer notorias todas sus grandezas". Una frase similar a esta parece ser un eco en las palabras del apóstol Pablo a los Romanos: "22¿Y qué, si Dios, queriendo mostrar su ira y hacer notorio su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción, 23y para hacer notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria...." ( Ro. 9:22,23). Como también a los Efesios escribe: "...para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gloria en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús" (Ef.2:7). Las riquezas de su gloria, las riquezas de su gracia, su poder y su ira, son las grandezas de Dios que Él se ha propuesto hacer notorias, y para lo cual lleva adelante su programa. Sí, incluso su ira había de ser también mostrada, revelando la desaprobación divina contra el mal, de modo que su carácter santo fuese conocido. Por eso a Faraón dice: "Y a la verdad yo te he puesto para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea anunciado en toda la tierra" (Éx. 9:16; Ro. 9:17). Dios, pues, ha permitido incluso el mal, temporalmente, con el fin de revelar su ira y hacer notorio su poder "todas las cosas ha necho Jehová para sí mismo, y aun al impío para el día malo" (Pro.16:4). Gracias a Dios que además de su ira y poder, ha querido mostrar también la gloria de su gracia y su misericordia.

La creación manifiesta el poder y la Deidad del Señor, sus atributos naturales (Ro. 1:10-20), pero la redención y el juicio muestran sus atributos morales, su carácter, su amor, misericordia, gracia y justicia. Dios manifiesta su grandísimo amor, dándonos a su propio Hijo, la complacencia mismísima de su corazón, para que vivamos por Él llegando a ser conformados a su imagen. Y esto es precisamente el misterio que se revela mediante el santuario de Dios, cuyas conquistas y preparativos están tipificados en David, y cuya edificación se trasluce en el Hijo de David. Las promesas a David, las misericordias fieles, la efectividad del trono del Hijo y la edificación por Éste de una casa para Dios constituida por herederos semejantes al primogénito, son el meollo del propósito del corazón de Dios. Por eso David habla de las grandezas de Dios haciéndose notorias. "28Y sabemos que a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. 29Porque a los que antes conoció, también los predestinó paca que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos" (Ro. 8:28.29).


"Para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese" (Ro.9:11). Dios tiene misericordia y de entre los inmerecedores elige, salva y configura a la imagen de su Hijo. Esa elección permanece y ese propósito se alcanza. Los elegidos conforman entonces su Casa, que es la Iglesia, la cual está en el corazón de su propósito como esposa de su Hijo. "10Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, 11conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús" ( Ef.3:l0,11). Dios se ha propuesto "10Reunir todas las cosas en Cristo, en la economía del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos como las que están en la tierra. 11En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, 12a fin de que seamos para alabanza de su gloria...." (Ef. l:10-12 a). Así pues que en el Cristo alrededor del cual Dios se ha propuesto reunirlo y someterlo todo, la iglesia, como los miembros de su cuerpo, tiene parte y herencia. De manera que verdaderamente en la casa de Dios se hacen notorias las grandezas de su gloria y gracia. Todo este misterio subyace como ítem clave en las palabras de Dios a David registradas en Crónicas.



C. La Causa de Dios


"Y no escuchó el rey al pueblo; porque la causa era de Dios, para que Jehová cumpliera la palabra que había hablado por Ahías silonia a Jeroboam hijo de Nabat" (2 Cr.10:15).

Si el beneplácito que Dios abriga en su corazón se lo ha propuesto, por lo tanto todas las cosas ayudan a ese bien; todas las cosas serán encaminadas providencialmente para el logro del objetivo. Establecido el propósito y comprometido el beneplácito del Todopoderoso en él, entonces la providencia Divina interviene soberanamente en función de esa meta. Eso hace que detrás de todos los acontecimientos, detrás de todas las circunstancias, detrás de todas las coyunturas, esté la causa de Dios. Si bien los hombres actúan cada uno según su propia responsabilidad, y esta responsabilidad y su ejercicio son verdaderos y auténticos, no obstante, la soberanía y provisión y previsión Divinas se valen aun de la misma responsabilidad de sus criaturas para llevar adelante su propósito. Los móviles de la intervención soberana de Dios constituyen, pues, su causa. La causa de Dios llega a ser también la causa con la que se comprometen todos sus siervos, y resulta en el móvil de todas sus acciones. Es esa la razón por la cual el apóstol Pablo después de escribir a los efesios acerca del propósito divino, les dice: "15Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos, 16no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, 17para que el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, 18alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, 19y cuál la supereminente grandeza de su poder paca con nosotros los que creemos" (Ef. 1:15-19a).


La causa del propósito divino y el lugar de la iglesia en el tal, se constituyeron en la causa Pablo, en la causa de su intercesión por los santos. Y entonces, habiendo intercedido por esa causa, se dedica a exponer el misterio de Cristo que es su cuerpo, la Iglesia, ocupado en lo cual cae incluso prisionero. Pero esas prisiones eran por la causa de Jesucristo. "Por esta causa yo Pablo, prisionero de Cristo Jesús por vosotros los gentiles..." (Ef.3:1). El propósito de Dios fue la causa de la intercesión paulina por la Iglesia. Y la edificación de la Iglesia con judíos y gentiles incluidos en el cuerpo, que es el misterio de Cristo, fue la causa de sus trabajos y aflicciones, incluso de su prisión y martirio.


Habiendo, pues, escrito a los efesios del misterio de Cristo, del lugar y función de la Iglesia en el propósito eterno de Dios, Pablo explica que esa es la causa de su intercesión, con el fin de que ahora no sólo fuesen alumbrados según la primera intercesión del capítulo 1, sino además, llenos de toda la plenitud de Dios conforme a esta nueva intercesión en el capitulo 3: "14Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, 15de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, 16para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; 17para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, 18seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, 19y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios" (Ef. 3:14-19). Puesto que el propósito de Dios y su beneplácito consisten en llenar a Su casa de su plenitud para expresarse desde ella, y por ella ejercer autoridad, es necesario que esa casa comprenda corporativamente el sentido y naturaleza de las medidas de Cristo, para lo cual necesita arraigarse en el amor. Pero ese amor es hijo de la habitación de Cristo en los corazones de Su pueblo, en sus intenciones, decisiones, sentimientos, pensamientos y actitudes. Lo cual no se logra sin el espíritu de fe, para tener el cual se hace necesario que el Espíritu de Dios fortalezca en gracia nuestro hombre interior. La causa, pues, de la intercesión de Pablo se enfoca en tal fortalecimiento.


La causa de Dios es, pues, la causa de cada uno de los pasos de sus siervos; puesto que Dios quiere una casa para sí, edificada por su Hijo, en Su virtud y conforme a Su semejanza, entonces, por esa causa, es necesario interceder por luz, fortaleza, fe, amor, comprensión corporativa y plenitud del pleroma divino.


Dios, por su parte, encamina todos los acontecimientos de nuestras vidas personales en función de esa causa y todos los acontecimientos históricos para que de la sucesión de tiempos florezca la economía del cumplimiento.


Esa es la causa de Dios detrás de todas la coyunturas históricas, como la de la división del reino en tiempos de Jeroboam I.



D.  El Plano de Dios


"11Y David dio a Salomón su hijo el plano del pórtico del templo y sus casas, sus tesorería , sus aposentos, sus cámaras y la casa del propiciatorio. 12Asimismo el plano de todas las cosas que tenía en mente para los atrios de la casa de Jehová, para todas las cámaras alrededor, para las tesorerías de la casa de Dios, y para las tesorerías de las cosas santificadas. 13Tambien para los grupos de los sacerdotes y de los levitas, para toda la obra del ministerio de la casa de Jehová, y para todos los utensilios del ministerio de la casa de Jehová. 19Todas estas cosas, dijo David, me fueron trazadas por la mano de Jehová, que me hizo entender todas las obras del diseño" (l Cr. 28:11,12,13, 19).

Puesto que de Dios es el beneplácito, el propósito y la causa, de Dios debe ser también el diseño, el plano, las disposiciones. Nada debe hacerse improvisadamente ni conforme a la gana de los hombres. Uza pereció porque intentó sostener el arca con su propia mano cuando ésta era traída en un carro de bueyes y no según las disposiciones divinas. Nadab y Abiú perecieron cuando intentaron ofrecer a Dios fuego extraño. En la causa del Señor todas las cosas deben hacerse conforme al plano de Dios, según el diseño trazado por la mano de Jehová. Esa es la razón de la constante amonestación de Dios a Moisés en la erección del tabernáculo: "Conforme a todo a lo que yo te muestre, el diseño del tabernáculo, y el diseño de todos sus utensilios, así lo haréis" (Ex. 25:9).


Y después de dar Dios minuciosas instrucciones acerca de la hechura del arca, de la mesa, del candelero, amonesta: "Mira y hazlos conforme al modelo que te ha sido mostrado en el monte" (Ex.25:40).

 Incluso la misma sabiduría e inteligencia, ciencia y arte con que el Espíritu de Dios había llenado a Bezaleel hijo de Buri para inventar diseños, debía ser utilizada para hacer las cosas conforme a todo lo que te he mandado (Ex.31:2-4,11). Es Dios mismo quien revela el modelo en el monte, y quien traza con su mano el diseño; todo esto debe ser una solemne amonestación para nosotros sus siervos. La Iglesia de Dios, que es su casa, no puede ser organizada como una empresa o negocio, o partido, o club de hombres. El Nuevo Testamento tiene el diseño normativo del camino de edificación de la Iglesia, y no es lícito pervertirlo ni desobedecerlo. Muchos supuestos "derechos canónicos" explícitos o tácitos, han pretendido erguir su cabeza a lo largo de la historia eclesiástica, los cuales no provienen de Dios y su plano en las Escrituras canónicas; no son de derecho divino, sino mero acomodo de los hombres a su infidelidad  "legalizada" y con la que se establece una "ética" no bíblica, sino apenas situacional y rival de lo normativo de las Escrituras. El plano y diseño de la casa de Dios no debe ser pervertido ni acomodado a los intereses meramente humanos. Las disposiciones de Dios son incólumes y normativas, y todo hombre, y la Iglesia como un todo, debe conformarse al plano y al diseño de Dios. El Nuevo Testamento es la constitución del Reino de los Cielos, e incluso sus ejemplos tienen la intención de dirigir nuestra conducta. En las pequeñas cosas se percibe la fidelidad o infidelidad en lo grande; por eso Moisés se preocupó de hacer todas las cosas, incluso los pequeños detalles, conforme a Dios lo había mandado: "Y vio Moisés toda la obra y he aquí que la habían hecho como Jehová había mandado; y los bendijo" (Ex.39:43). Entonces la gloria de Dios llenó la casa y puso allí su voluntad. Moisés fue, pues, llamado fiel en toda la casa de Dios (Hb.3:5). Nosotros, al igual que David cuando aprendió la lección de Uza, debemos preguntarnos: "¿Cómo he de traer a mi casa el arca de Dios?" (1 Cr. 13:12). No es suficiente la buena intención de David, ni el acuerdo del pueblo y sus príncipes, ni las emociones religiosas de la danza ante Dios. Es de primera necesidad atender las disposiciones de Dios, a su plano, a su diseño. Dios no se complace tanto en los sacrificios como en la obediencia.



E.  La Tierra de Dios


"¿No está con vosotros Jehová vuestro Dios, el cual os ha dado paz por todas partes? Porque él ha entregado en mi mano a los moradores de la tierra, y la tierra ha sido sometida delante de Jehová, y delante del pueblo" (l Cr. 22:18).

"19Mas si vosotros os volviereis, y dejareis mis estatutos y mandamientos que he puesto delante de vosotros, y fuereis y sirviereis a dioses ajenos, y los adorareis, 20yo os arrancaré de mi tierra que os he dado..." (2 Cr. 7:19,20a).


"Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra" (2 Cr. 7:14).


Todas las cosas pertenecen a Dios y existen para que se cumpla en ellas la voluntad, el propósito de Dios. Lo mismo acontece obviamente con la tierra . "De Jehová es la tierra y su plenitud" (Sal. 24:1; 1 Co. 10:28c). Dios ha dicho: "La tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra mía es; pues vosotros forasteros y extranjeros sois para conmigo" (Lv.25:23). Dios desea establecer sobre la tierra el reino de los cielos, pues en ella existe rebelión; esa es la razón por la que el Señor Jesús nos enseñó a orar: "Venga tu reino; hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra" (Mt.6:10). La economía divina debe establecerse sobre la tierra. El enemigo de Dios es derribado a tierra (Ezq.28:17; Ap.12:9). Pero Dios ha querido que sea el hombre el que, de su parte, señoree sobre la tierra: "Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra" (Gn. 1:26). El hombre, el género humano como un solo hombre corporativo, habría de ser, pues, un vaso para que pudiere contener a Dios, y para lo cual fue hecho a su semejanza de modo a tener afinidad con Dios. El Espíritu de Dios se une al espíritu del hombre que le recibe, del que come del árbol de la vida divina (1 Cr. 6:17; Gn 2:8,9). El contenerse de Dios en el hombre es para que éste le exprese, y para lo cual el hombre fue hecho a imagen de Dios. El espíritu humano es como un receptor que recibe a Dios, percibe su mover y comunión desde el espíritu. El alma del hombre es como un transmisor que interpreta y representa el fluir de la vida divina que proviene de Dios pasando por el espíritu humano. El alma entonces consiente y colabora con Dios dando expresión a través de su vida a la naturaleza divina. La mente interpreta, la emoción simpatiza y la voluntad ejecuta el sentir de la voluntad divina. Este contenerse y expresarse de Dios por el hombre es para que éste pueda ejercer señorío en aquella jurisdicción donde antes merodeaba el enemigo. El diablo estuvo primero que el hombre en el huerto de Dios, en el Edén (Ezq. 28:13); pero ahora es el hombre el que es colocado allí para cultivarlo, guardarlo y señorear.

El hombre ha de ser, pues, el instrumento mediante el cual Dios ejecuta el juicio contra el enemigo . Por eso el Verbo de Dios se hizo carne, semejante a los hombres, y como hombre venció a Satán aplastando su cabeza en la cruz (Gn. 3:l5; Hb.2:24). Es ahora el hombre, como un gran vaso corporativo para Dios y que llene toda la Tierra, quien ha de señorear ahora sobre los peces del mar; precisamente donde se ha paseado Apolión el rey del abismo. Y es el hombre quien debe señorear sobre las aves del cielo, precisamente donde se ha movido el príncipe de la potestad del aire. He allí una razón por la que las Escrituras callan de Dios el decirle bueno al segundo día, donde Dios separa las aguas, y produce la expansión. No dice Dios en este día segundo que vio que era bueno. En la faz de los abismos y en los aires se mueve el príncipe maligno de este mundo.

Pero cuando aparece el hombre sobre la tierra, Dios no sólo dice que es bueno, sino en gran manera bueno.


Y así como Israel debía penetrar en Canaán donde moraban los gigantes, descendientes genéticos de los nefilim, cuando los hijos de Elohim, ángeles, dejando su propia morada y dignidad, se llegaron a las hijas de los hombres, y les engendraron hijos (Gn.6:1-4; Jd. 6,7), y como Israel ahora debía poseer la tierra y ejecutar el juicio de Dios sobre aquella generación maligna, así Dios colocó al hombre en la tierra, en el Edén donde había estado el querubín perverso, para que señoreara en nombre de Dios, incluso sobre todo lo que se arrastra sobre la tierra; quien habría de arrastrarse sobre la tierra era la serpiente antigua.


Es, pues, responsabilidad del hombre sojuzgar para Dios la tierra. "Y los bendijo Dios y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra" (Gn. 1:28).

"Tomó, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase" (Gn.2:15). ¿De quién habría de guardar el hombre el huerto? No de los abrojos ni de las espinas; no de la maldición sobre la tierra, porque ésta fue posterior a la caída humana. Debía guardarlo del maligno que merodeaba en ella, pues Satán sale a recorrer la tierra y a andar por ella ( Job 1:7). ¿Y cómo habría de guardarlo? Escogiendo vivir por la vida divina, alimentándose del árbol de vida, sin dar lugar a la independencia humana en su relación con Dios. Una vez que el hombre escogiera utilizar su propio ser a su propia manera, desentendiéndose de la vida y voluntad divinas, entonces abriría la puerta para que la naturaleza del maligno, que ya estaba en el universo, entrara a formar parte de su ser matándolo y haciéndolo inútil para Dios. Esto es lo que ha acontecido. No obstante, el plan de Dios permanece incólume, y el Verbo de Dios se hace Aquel hombre que Dios siempre quiso. Y por Él, la Iglesia, el nuevo hombre corporativo, se levanta para obedecer a Dios, sojuzgar la tierra y expulsar al enemigo mediante su unión con Jesucristo el Mesías. David, pues, figura de Cristo y un hombre conforme al corazón de Dios, se levantó para someter la tierra delante de Jehová. Si el pueblo de Dios no le somete la tierra al Señor, no hay ninguna razón para que permanezca en ella. Pero si el hombre se arrepiente y su pueblo se humilla, Dios sanará su tierra y en ella establecerá el reino de los cielos. He aquí, pues. la gran importancia de la tierra para Dios. Ella es el estrado de sus pies; el sitio donde se posan. No es otro en el universo. He allí también la responsabilidad humana, y del Nuevo hombre en especial, el Cuerpo de Cristo. Dios destruirá a los que destruyen la tierra (Ap. 11:18). Por eso nos explayamos en la cronología sacra y en la consideración de los gigantes [IB)3a.3] y [IIIA)2.3 4.5.].



F.  La Jefatura de Dios


"Y he aquí Dios está con nosotros por jefe, y sus sacerdotes con las trompetas del júbilo para que suenen contra vosotros..." (2 Cr.13:12a). En el trabajo del hombre, del pueblo de Dios, no puede éste arremeter en la batalla como le parezca. El hombre fue puesto delante del árbol de vida para que, nutrido con la naturaleza divina, pueda realizar su labor y cumplir su misión. La vida divina debe sostener y guiar al hombre. Dios mismo debe tomarlo de la mano y conducirlo. Lejos de la guianza divina el hombre está perdido y está ciego. Un ciego no puede guiar a otro ciego, pues de otra manera ambos caerán al hoyo. Dios ha de dirigir al hombre. Dios es el Jefe de su pueblo. Dios se revela por su Verbo y este Verbo es el príncipe de los ejércitos. Antes de la toma de la tierra de Canaán era necesario que Josué viera al príncipe de los ejércitos. "13Estando Josué cerca de Jericó, alzó los ojos y vio un varón que estaba delante de él, el cual tenía una espada desenvainada en su mano. Y Josué yendo hacia él, le dijo: ¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos? 14Él respondió: No; mas como Príncipe del ejército de Jehová he venido ahora. Entonces Josué, postrándose sobre su rostro en tierra, le adoró; y le dijo: ¿Qué dice mi Señor a su siervo? 15Y el Príncipe del ejército de Jehová respondió a Josué: Quita el calzado de tus pies, porque el lugar donde estás es santo. Y Josué así lo hizo. 1Ahora, Jericó estaba cerrada, bien cercada, a causa de los hijos de Israel; nadie entraba ni salía. 2Mas Jehová dijo a Josué: Mira, yo he entregado en tu mano a Jericó y a su rey, con sus varones de guerra" (Jos. 5:13 a 6:2).

Las instrucciones de Jehová, el Príncipe de los ejércitos, guiaron a Josué y su pueblo a poseer a Jericó tras juzgarlo; nuestro Capitán es Jesús; allí está la jefatura divina. La obra de Dios sólo la puede dirigir Dios. Sólo el Espíritu Divino puede vivificar y guiar a hijos e hijas de Dios; ellos son los que son guiados por el Espíritu de Dios. Las opiniones y labores humanas de nada sirven sin la jefatura divina. Si Él no edifica, en vano trabajan los edificadores; y si Él no guarda, en vano vela la guardia.


Con Abdías de Judá, estuvo la corriente de Dios, la jefatura divina (Salmo 127:1). Se necesita la mano de Dios: 2 Crónicas 30:12; 6:15; 1 Crónicas 4:10.



G.  La Obra de Dios


"De los hebronitas, Hasabías y sus hermanos, hombres de vigor, mil setecientos, gobernaban a Israel al otro lado del Jordán, al occidente, en toda la obra de Jehová; y en el servicio del rey" (1 Cr.26:30).

El servicio del pueblo de Dios bajo la jefatura divina, llevando a cabo el propósito divino conforme al plano de Dios, es llamado La Obra de Dios. Dios siempre está llevando a cabo una obra suya. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo hasta ahora trabajan. En la sinagoga de Antioquía de Pisidia Pablo concluyó su primera intervención citando de Habacuc: "Mirad, oh menospreciadores, y asombraos y desapareced; porque yo hago una obra en vuestros días, obra que no creeréis, si alguien os la contare" (Hch. 13:41; Hbc. 1:5). Si bien en el contexto coyuntural histórico de Habacuc tal obra consistía en el uso de los caldeos por Dios para refinar a Israel, Pablo toma prestada la expresión de Habacuc y le llama obra de Dios a los hechos y anuncio propios del Evangelio. De todas maneras, en uno y otro caso, se trata del gran programa multisecular divino. Se nos habla también en el Antiguo y Nuevo Testamentos de la obra del ministerio de la casa de Dios, de la edificación del cuerpo de Cristo (1 Cr.9:13,19; 23:4,24,28; 28:13,20; Ef.4:12).Crónicas nos habla también de la obra del lugar santísimo (1 Cr.6:49), la obra de los cantores (1 Cr.9:33), la obra de edificación del templo (1 Cr. 22:15,16). La obra, pues, consiste en la labor del programa divino. Por eso se ruega que Dios apresure su obra, y que su obra aparezca en sus siervos. Dios también por su parte apresura su obra. En el Nuevo Testamento el Espíritu Santo introduce técnicamente esa expresión, la obra, aplicada primeramente a la labor apostólica de predicar el evangelio, hacer discípulos, fundar, confirmar y establecer iglesias, corregir lo deficiente y constituir ancianos. Lo que en el Antiguo Testamento se simbolizaba como la obra del ministerio de la casa de Dios, y la obra de Jehová en la realización del reino, en el Nuevo Testamento es el trabajo apostólico y de los santos, de la edificación del cuerpo de Cristo hacia su plenitud paca llenarlo todo.


En Hechos de los Apóstoles se nos informa de la introducción por el Espíritu Santo de esa expresión técnica: "Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado" (Hch. 13:2b). Los cuales, enviados por el Espíritu santo que los había llamado, y apartados por el presbiterio de la iglesia local de Antioquía, realizaron en vastas regiones la obra apostólica susodicha del evangelizar, discipular, fundar iglesias y confirmarlas, corrigiendo lo deficiente, poniendo en orden lo que fuere necesario, estableciendo ancianos, administrando, etc. Hasta que retornaron a Antioquía de Siria "desde donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para la obra que habían cumplido" (Hch.14:26). "La obra a que los he llamado" (Hch. 13:2) y "la obra que habían cumplido" (Hch. 14:26) son expresiones que indican el comienzo y término parcial de la obra. La jurisdicción de la obra es, pues, regional, no sólo local; y tiene un centro como Antioquía de Siria, en este caso; luego Éfeso, desde donde toda la provincia de Asia recibía la Palabra del Señor; lo había sido también Jerusalén, desde donde los apóstoles, como Pedro y Juan, salían, fundaban, confirmaban, y al que regresaban. El gobierno de la obra estaba en manos de los apóstoles; sin embargo la función del ministerio de ellos y de los profetas, evangelistas, pastores y maestros, era perfeccionar a los santos para la obra del ministerio (Ef. 4:11,12), para la edificación del Cuerpo de Cristo. Como en el Antiguo Testamento se conquistaba y se establecían guarniciones, entonces las ciudades se sometían al reino de Jehová, y en Jerusalén, el lugar escogido por Dios para hacer habitar su nombre, se edificaba la casa de Dios , así también en el Nuevo Testamento, todo el pueblo de los santos bajo la dirección de la cabeza, Jesucristo, y por mano del ministerio constituido, se conquista y extiende el reino a través de la iglesia, la cual es la casa de Dios que se edifica. El primer viaje misionero de Bernabé y Pablo nos muestra lo que es la obra. El segundo viaje nos muestra la expansión de ella. Pablo no quería llevar a Marcos en este segundo viaje, porque se había apartado de ellos desde Panfilia, y no había ido con ellos a la obra (Hch.15:38); en cambio escoge a Silas y luego a Timoteo, del cual dice Pablo a los corintios: "Y si llega Timoteo, mirad que esté con vosotros con tranquilidad, porque él hace la obra del Señor así como yo" (1 Co.16:10). El señor, pues, a cada uno de sus siervos dio su obra (Mr. 13:34), lo cual, coordinado todo, lleva adelante la obra de Jehová que es la avanzada del reino (Jn. 4:34; 14:4). En la coordinación habiá respeto por el trabajo de cada cual. "Anunciaremos el evangelio en los lugares más allá de vosotros, sin entrar en la obra de otro para gloriarnos en lo que ya estaba preparado" (2 Cor 10:16).


Para servir a Dios en la Obra se vivía (Fil.1:22), e incluso se sufría (Fil. 2:30). Notamos, pues, que la otra de Jehová, la obra del ministerio de la casa de Dios, que tan bien nos simboliza Crónicas como tipo de la economía divina y como obra verdadera veterotestamentaria, tiene su perfecta correspondencia con la obra del ministerio de los santos en el Nuevo Testamento, edificando el cuerpo de Cristo hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Díos, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo (Ef. 4:11-13).



H.  La Congregación de Dios


"Ahora, pues, ante los ojos de todo Israel, congregación de Jehová, y en oídos de nuestro Dios, guardad e inquirid todos los preceptos de Jehová vuestro Dios, para que poseáis la buena tierra, y la dejéis en herencia a vuestros hijos después de vosotros perpetuamente" (1 Cr. 28:8).

La congregación de Dios es el pueblo testigo que le conoce y le sirve. Dios realiza su obra entre su pueblo y con su pueblo. En los tiempos veterotestamentarios la congregación de Dios la formaban los patriarcas escogidos y entonces su pueblo Israel; por lo menos el remanente cuyo trabajo desembocó en el Mesías, en el cual por el Espíritu Santo, tiene parte la Iglesia como cuerpo. Dios, conforme a antiguas profecías, extiende a los gentiles la promesa, hecha efectiva en la participación con Cristo. Dios injerta, pues, en el olivo natural, ramas de entre los gentiles. Y ahora judíos y gentiles, dejan de serlo en la crucifixión de Cristo, donde se derriba el muro de separación, y en la resurrección surge un nuevo hombre, el cuerpo de Cristo, donde ya no hay judío ni gentil. Todos los creyentes en Cristo comprados y limpiados con su sangre y regenerados por su Espíritu, conforman ahora el cuerpo de Cristo, el misterio, y son hechos reyes y sacerdotes, un reino sacerdotal. En el Antiguo Testamento inicialmente había de ser todo Israel el reino de sacerdotes, pero en su rebelión, hubieron sólo los levitas de servir a Dios en el tabernáculo bajo la dirección del linaje de Aarón. Y aun de este linaje, los de Sadoc fueron quienes estuvieron cerca de Dios, invitados a su mesa (Ezq.48:11,12). En el Nuevo Testamento, no obstante, la sangre de Cristo hace a todo el pueblo de Dios sacerdocio real y nación santa.


Se proclama, pues, el sacerdocio universal de todos los creyentes para tener acceso directo a la presencia misma de Dios en el Lugar Santísimo (Ap.1:5,6; 5:l0; 1 Pd.2:5,9; Hb.l0:19-23). Todo el pueblo es adquirido para anunciar las virtudes del que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable (1 Pd.2:9); son los santos los que hacen la obra del ministerio, y para tal efecto deben ser perfeccionados por los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros (Ef.4:11-13).

La migración de los santos es la semilla del evangelio (Hch. 8:4;11,19-29; 1 Tes. 1:8-l0). Todos son invitados a beber de la copa de bendición del Señor (Mt. 26:27) y a bendecirla y partir del pan (1 Co. l0:16).


La iglesia en la localidad puede declarar gentil y publicano a quien se empecine obstinadamente en su pecado contra un hermano (Mt. 18:17); y debe probar a los que se dicen ser apóstoles (Ap.2:2; Gal. 1:8,9; 2 Co. 11:4) . He allí la congregación de Dios.



I.  La Guerra de Dios


"Y cayeron muchos muertos, porque la guerra era de Dios; y habitaron en sus lugares hasta el cautiverio" (1 Cr.5:22).

"Y dijo: Oíd, Judá, y vosotros mercaderes de Jerusalén, y tú, rey Josafat: Jehová dice así: No temáis ni os amedrentéis delante de esta multitud tan grande, porque no es vuestra la guerra, sino de Dios". (2 Cr.20:15).


"Con él (Senaquerib) está el brazo de carne, mas con nosotros está Jehová nuestro Dios para ayudarnos y pelear nuestras batallas. Y el pueblo tuvo confianza en las palabras de Ezequías rey de Judá" (2 Cr. 32:8).


En la sesión (III.A) 3,), en la cronología sacra, colocamos un numeral relativo al origen del mal. Puesto que existe el mal en el universo y puesto que el tal, por la serpiente, pasó al género humano, y puesto que Dios es Santo y justo, existe una guerra de Dios contra el maligno y sus huestes. Pero Dios no ha querido fulminar en un instante al enemigo . Puesto que el enemigo es una criatura que deshonró a Dios, Dios ha querido que sea la criatura la que venza al enemigo en su nombre, y que sea la criatura la que reconozca la gloria divina. Por tal motivo los espíritus malignos están dispuestos a confesar a Jesús como el Hijo de Dios, tal como aconteció en una sinagoga de Capernaum; pero lo que no quisieron fue confesar que Jesucristo vino en carne, pues al Verbo le fue aparejado cuerpo, para que en la condición de hombre, hiciera la voluntad de Dios, deshaciendo las obras del diablo y al pecado en la carne.


Y participó de carne y sangre paca destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte. Jesucristo murió como hombre, y es mediador. Y por cuanto es el Hijo del hombre Dios le ha dado el juicio de toda carne y de todo principado y potestad. Pero también a la Iglesia es dado juzgar en aquel día a los ángeles. Es a través del hombre que Dios pelea la guerra. Pero el hombre sin Dios, en su estado caído y vendido al enemigo, y enemigo él mismo, no puede añadir un ápice; por el contrario; aumentó la rebelión y hace y destruye mucho bien. Hay, pues, una guerra contra Dios y contra el pueblo de Dios. Contra la congregación de Dios se levantan las puertas del Hades, pues enemistad habría entre la simiente de la serpiente antigua y la Simiente mesiánica de la mujer, Emanuel, la simiente de la mujer. El Hijo de Dios hecho hombre desde su concepción en el vientre de la Virgen María, ha aplastado la cabeza de la serpiente en la cruz y en la resurrección. La enemistad entre estas dos descendencias es la guerra de Dios. El dragón otorga su autoridad a la bestia; la serpiente llega a ser el dragón de muchas cabezas, llega a ser la bestia con las cabezas del dragón y el río de su boca con que persigue a la mujer que da a luz al hijo varón. El mundo yace bajo el maligno, y no procede de Dios sino de la carne y el maligno.

Pero la nueva creación nace de la resurrección; del Espíritu, y combate y vence a la carne y al diablo. La simiente de la mujer extiende, pues, en el mundo, el reino de los cielos. David conquistaba en Nombre de Jehová.


Lo que significa que más bien Jehová conquistaba y sometía la tierra por mano de David. Las guarniciones retenían la tierra para el reino.

También guerreaba Dios por mano de Josafat y de Ezequías. El corazón de David, Josafat y Ezequías estaba en la casa de Dios y en su reino. Igualmente hoy la iglesia prevalece contra las huestes y las puertas del Hades, mientras se mantiene edificada sobre la roca, que es Jesucristo. El hombre fue creado para señorear en lugar del príncipe de la potestad del aire, el rey del abismo, la serpiente antigua. Pero perjudicado el hombre, la redención en Cristo lo recupera, de lo que resulta la Iglesia, el nuevo hombre, el guerrero corporativo cuya lucha no es contra carne y sangre, sino contra principados y potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo.


Solamente fortalecida en el poder de la fuerza del Señor, puede aplicar la victoria de Dios en Cristo y resistir todos los dardos de fuego del maligno. Por la fe la iglesia se confía en Dios y recibe su provisión de victoria obtenida en Cristo. La guerra es de Dios. Nosotros, su pueblo, su ejército.



J.  El Ejército de Dios


"Porque entonces todos los días venía ayuda a David, hasta hacerse un gran ejército, como ejército de Dios" (1 Cr. 12:22).

También en Éxodo dice: "Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos" ( Ex. 14:14); y "Jehová es varón de guerra" (Ex. 15:3a). Enfatizamos que de Dios es la guerra y que Él es quien pelea por su pueblo. Sin embargo, a su pueblo, a sus pequeños, a los que escogió de entre lo necio, lo débil, lo vil, lo menospreciado y lo que no es, a su pueblo hará huestes de Jehová. Y entrena en la guerra adiestrando sus manos para la batalla. La iglesia, pues, combate.


Cuando Israel salió de Egipto, fue una congregación, pero cuando sus campamentos se organizaron en orden alrededor del tabernáculo, por sus banderas, saliendo a la guerra bajo la dirección de Dios por mano de sus jefes, entonces fue un ejército.


No es suficiente que seamos el pueblo de Dios; es menester aprender a combatir unánimes y coordinadamente. Pablo se dirigía a Timoteo no como a un mero creyente, sino como a un soldado: "3Tú, pues, sufre penalidades como un buen soldado de Jesucristo. 4Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado" (2 Tim.2:3,4). El creyente anda, mientras que el soldado marcha coordinadamente. Es diferente un tropel a una tropa.


Cada uno debemos aprender la disciplina del combate coordinado. A Timoteo habla como soldado, pero a los corintios como nación responsable del sustento y pertrechamiento de su ejército: "¿Quién fue jamás soldado a sus propias expensas?" (l Co. 9:7a). Es decir, la nación debe hacerse cargo de la dignidad y efectividad de su propio ejército; la nación pertrecha al ejército y lo avitualla. Eso significa responsabilidad y coordinación.


Pablo escribía a los Filipenses: "Solamente que os comportéis (la iglesia de Filipos) como es digno del evangelio de Cristo, para que o sea que vaya a veros, o que esté ausente, oiga de vosotros que estáis firmes en un mismo espíritu, combatiendo unánimes por la fe del evangelio" (Fil. 1:27). Toda la congregación de Dios, la iglesia local, no sólo debe aprender a andar en el espíritu, sino también a permanecer firmes en esa posición, cerrando todos los flancos para que el enemigo no encuentre lugar por donde infiltrarse.


Pero además de la unidad de Espíritu y de la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, se requiere también la unanimidad. Unanimidad es unidad en la esfera del alma, y no sólo en la del espíritu. Todos los creyentes poseemos en nuestro espíritu al Espíritu del Señor, sin embargo no todos son de un mismo sentir. La unanimidad es necesaria para el combate coordinado de soldados disciplinados de un solo ejército.


La Iglesia en Jerusalén llegó a estar unánime, siendo de un solo corazón y una sola alma. Es decir, que además de la unidad del Espíritu, es necesario ser de una misma mente, un mismo sentir, un mismo hablar, sin divisiones, y andar en una misma regla. Esto implica las penalidades de la cruz a que debe someterse todo soldado de Jesucristo, dispuesto a negarse a si mismo y a seguir a Cristo en sujeción a las autoridades delegadas de Dios. Ejército significa formación conforme a la autoridad, unidad, unanimidad y coordinación para el combate.



K.  El Terror de Dios


"Atacaron también todas las ciudades alrededor de Gerar, porque el terror de Jehová cayó sobre ellas; y saquearon todas las ciudades, porque había en ellas gran botín" (2 Cr. 14:24). "Y cayó el pavor de Jehová sobre todos los reinos de las tierras que estaban alrededor de Judá, y no osaron hacer guerra contra Josafat" ( 2 Cr 17:10).

Cuando el pueblo de Dios está reunido como un solo hombre en su compromiso de fidelidad a Dios, el infierno se estremece. La promesa de que las puertas del Hades no prevalecen contra la iglesia edificada sobre la Roca, fue dada precisamente a tal iglesia. Esta no es una promesa a unos individuos aislados, ni a grupos facciosos. Es una promesa a la iglesia en su fundamento. Cuando la iglesia se yergue firme en su posición espiritual e integral, las puertas del infierno ceden. La misión de la iglesia no es tan sólo predicar en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra. Su misión va más allá, y se trata de vivir el reino ante el mismo enemigo. Pablo escribía a los efesios "10que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, 11conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor" (Ef. 3:10,11) . No sólo, pues, hasta lo último de la tierra, sino también en los lugares celestiales ante los principados y potestades; no en el futuro, sino ahora. Desde el Nuevo Testamento es la hora, pues, de adorar realmente a Dios en espíritu y en verdad.

Es fácil engañar a los hombres y a si mismo, pero no lo es tanto respecto a los demonios.


Los espíritus inmundos reprendidos por los hijos de Esceva sabían quién era Pablo y conocían a Jesús, pero ¿ellos quiénes eran? Los hombres juzgan por las apariencias, pero los demonios creen a Dios y tiemblan, y temblando salen de sus encierros cuando son echados en el nombre del Señor Jesús. El terror de Jehová, el pavor cae sobre los enemigos cuando el ejército de Dios le es fiel al Señor. Aun los hombres aprenden a respetar: "De los demás, ninguno se atrevía a juntarse con ellos; mas el pueblo los alababa grandemente" (Hch. 5:13). Esto dice de la iglesia unánime de Jerusalén, donde la santidad era un muro de fuego que espantaba a los hipócritas. Incluso dentro de la misma iglesia se dio el caso de Ananías y Safira: "Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas" (Hch. 5:11). ¿Para qué explayarnos, pues, con el caso del mago Elimas, que quedó ciego por estorbar los caminos rectos del Señor?



L.  La Salvación de Dios


"No habrá para qué peleéis vosotros en este caso; paraos, estad quietos, y ved la salvación de Jehová con vosotros. Oh Judá y Jerusalén, no temáis ni desmayéis; salid mañana contra ellos, porque Jehová estará con vosotros" (2 Cr.20:17).

Cuando el ejército de Dios pone toda su confianza en Dios y mediante esa confianza se hace fiel, el terror de Jehová cae sobre los enemigos, y Dios mismo pelea contra ellos trayendo salvación a su pueblo. El pueblo de Dios obtiene salvación mirando a Jehová. "Miradme a mí y sed salvos" es la invitación de Dios. Si no confiamos en Él, acudimos a nuestros propios trucos, solamente para salir derrotados y avergonzados. Pero el que en Él cree y espera, no será confundido y avergonzado. La salvación sólo proviene de usufructuar con confianza y por la fe, los cuidados y provisiones de Dios. Para conocer , pues, la salvación de Dios es necesario creerle. Esa es la obra de Dios, que creamos en el que ha enviado, el Señor Jesucristo, Hijo de Dios, muerto por nuestros pecados y resucitado, del cual, invocándole, recibimos el perdón, el Espíritu, la liberación, la justificación, la regeneración, la renovación, la santificación, la configuración a su imagen, etc., además de las añadiduras.



M.  La Paz de Dios


"Todos los de Judá se alegraron de este juramento; porque de todo su corazón lo juraban, y de toda su voluntad lo buscaban, y fue hallado de ellos; y Jehová les dio paz por todas partes" (2 Cr. 25:29).  Pablo escribía a los Romanos: "Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo" (Ro. 5:1). Si a la salvación de Dios, que es por gracia divina, el pueblo responde con fidelidad, el resultado es de paz con Dios. Y aun a los enemigos hace Dios estar en paz con nosotros.

Así como en el tiempo de Asa, Dios dio al pueblo paz, así también paz en tiempos del Nuevo Testamento: "Entonces la iglesia tenía paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y era edificada andando en el temor del Señor, y se acrecentaba fortalecida por el Espíritu Santo" ( Hch. 9:31). Ese es el producto del reino de Jesucristo, Príncipe de Paz (sin negar las persecuciones antes de su regreso). La Iglesia debe rogar a Dios por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad (l Tim. 2:1).



N.  Las Ciudades de Dios


"Esfuérzate y esforcémonos por nuestro pueblo, y por las ciudades de nuestro Dios; y haga Jehová lo que bien le parezca" (1 Cr. 19:13).

La paz, la salvación y la obra de Dios debe alcanzar a toda ciudad. A cada aldea debe llegar el testimonio de Dios. Y aquella ciudad que no lo reciba, ni el polvo de ella se quede en los pies de los siervos de Dios, pues su castigo será menos tolerable que el de Sodoma y Gomorra (Mt.10:14,15). Los hombres creados sociables por Dios, se agrupan en ciudades. Dios quiere alcanzar las ciudades y establecer en cada una de ellas un candelero. Los valientes de David lucharon por las ciudades de Dios. Josué guió al pueblo a tomarse ciudad por ciudad para el reino de Dios. Así también, por orden del Señor y con el auxilio de Cristo resucitado y ascendido, la iglesia universal se extiende por todos los municipios, apareciendo en cada uno como la iglesia local. Cada iglesia local, es un candelero en la ciudad. La guerra del Espíritu de Dios es para conquistar las ciudades para el reino de los cielos; para que la vida de Dios, que es la de la iglesia, se extienda en la ciudad, sale la tierra, y alumbre el mundo sin poderse esconder, y fermente toda la masa. En todo el Nuevo Testamento vemos una sola iglesia por ciudad, un solo candelero por localidad.

Puesto que Dios es uno, Cristo uno, el Espíritu uno, el evangelio uno, la iglesia universal una, por eso cuando ella se toma una ciudad, no debe haber en ella más que una iglesia local. Todos los hijos de Dios limpiados con la sangre de Cristo y regenerados por Su Espíritu, que habitan en un municipio, localidad, aldea o ciudad, conforman la iglesia local de esa ciudad, y deben vivir en unidad, juntos y unánimes, en un mismo Espíritu y bajo una misma administración. El Nuevo Testamento no concede ni una sola excepción a esta regla. No hay ni siquiera un verso donde conste que en una ciudad había más de una iglesia. Es la iglesia en Jerusalén, la iglesia en Antioquía, la iglesia en Corinto, la iglesia en Cencrea, la iglesia en Cesarea, la iglesia en Efeso, la iglesia en Esmirna, la iglesia en Pérgamo, la iglesia en Tiatira, la iglesia en Sardis, la iglesia en Filadelfia, la iglesia en Laodicea, la que está en Babilonia, la iglesia de los Tesalonicenses, la de los Filipenses, la de los Colosenses, etc.; siempre una sola iglesia por ciudad. Es contrario a la Palabra de Dios dividir a los santos de una ciudad en varias sectas supuestamente "iglesias"; las iglesias en casa de Aquila y Priscila, de Ninfas, de Filemón, eran la iglesia de la ciudad reunida en tal casa; los colosenses donde Filemón, la iglesia de Efeso reunida en casa de Aquila y Priscila, y la de Laodicea en casa de Ninfas. Colosas, Efeso y Laodicea son, cada una, una sola ciudad con un candelero, la iglesia de la localidad. Esa es la manera bíblica y espiritual de tomarse las ciudades para Dios. No importa si en Jerusalén habían muchos creyentes, muchísimos ministros y muchas reuniones en varias casas y lugares. La iglesia de Jerusalén, no obstante, es una sola en la que estaban juntos y unánimes, con un solo corazón y una sola alma. El plural "iglesias" apenas aparece en provincias, como Judea, Galacia, Macedonia, Asia, los gentiles, los santos. Pues ninguna iglesia local, ningún candelero, puede ocupar más de una ciudad. Cada ciudad debe venir a la luz de Dios bajo su respectivo candelero. La interrelación regional y universal es tarea de la obra apostólica, pero la jurisdicción de cada candelero es su ciudad.

 Incluso en el caso de los santos en Roma, Pablo al saludarlos en el capitulo 16 de su epístola a los Romanos, una sola vez llama iglesia a la reunión de los santos en casa de Aquila y Priscila; allí se realizaban las reuniones principales y de administración. Los demás grupos no son llamados iglesias, sino simplemente "los santos que están con ellos". Es decir, los muchos grupos en la ciudad eran la sola familia de los santos, la que en tiempos primitivos fue conocida como la iglesia de Roma, en singular, a la que Ignacio de Antioquía escribió una epístola, y la que por Clemente escribió a los Corintios otra; a la que se refieren Eusebio, Ireneo, Tertuliano y otros: la iglesia local de Roma. La hegemonía extralocal posterior desde comienzos del medioevo es contraria al Nuevo Testamento y a la historia eclesiástica primitiva. La iglesia local es aquella a la que Jesús dijo que se habría de oír en caso de llevarse a ella asuntos de pleito entre hermanos.



Ñ.  Los Asuntos de Dios


"Y he aquí el sacerdote Ananías será el que os presida en todo asunto de Jehová, y Zebadías hijo de Ismael, príncipe de la casa de Judá, en todos los negocios del rey; también los levitas serán oficiales en presencia de vosotros. Esforzaos, pues, para hacerlo y Jehová estará con el bueno" (2 Cr. 19:11).

Puesto que Dios ha otorgado a su congregación la administración de su plan, existen asuntos de Dios que bajo divina autoridad competen a la labor del pueblo bajo la autoridad del sacerdocio. El sacerdocio es para ministrar a Dios habiéndose acercado a Él. En su presencia y de su revelación brota la autoridad delegada que se entiende de resolver los asuntos atinentes al programa divino. Hay cuestiones doctrinales, cuestiones morales, cuestiones litúrgicas, cuestiones judiciales, cuestiones históricas, cuestiones académicas, cuestiones gubernamentales y administrativas. etc. Todas estas cuestiones que deben resolverse y tratarse en el seno de la comunidad en relación al programa divino, son los asuntos de Dios. La congregación de Dios debe atender a tales asuntos y conducirse honradamente dentro de ellos. A la iglesia en la localidad corresponden, pues, asuntos en los que debe ocuparse. En el apartado sobre la congregación de Dios resaltamos sus principios y responsabilidades. Establecidos los parámetros canónicos de doctrina y conducta, en base a ellos se determina la responsabilidad que podríamos llamar judicial; es decir, la que atañe a la disciplina de Dios mediante la iglesia en la localidad. La congregación de Dios, el ejército de Dios, no debe ser irresponsable en el ejercicio de tales responsabilidades. El Señor reprende, por ejemplo, a la iglesia en Tiatira por tolerar los excesos de Jezabel. La disciplina presenta también grados según las condiciones; Pablo escribía a su colaborador Tito: "Esto habla, exhorta y reprende con toda autoridad. Nadie te menosprecie" (Ti. 2:15).


Es decir, que para un buen entendedor pocas palabras bastan; suficiente con hablar. Pero en caso de menosprecio a Dios y a la autoridad de su verdad y Espíritu, delegada a quienes para tal servicio haya elegido, entonces el tono se hace más autoritario. Asimismo dentro de la disciplina eclesial hay formas de tratamiento: ayudando (Fil.4:2,3), haciendo volver del error (Stg. 5:19,20), restaurando con espíritu de mansedumbre (Gal. 6:11), amonestando a los ociosos (1 Tes. 5:14; 2 Tes. 3:6-15), haciendo que se oiga a la iglesia después de haber amonestado a solas y luego con testigos (Mt.18:16-22), sometiendo los pleitos al juicio de los santos de mayor estima (1 Co. 6:1-11), tratando el divisionismo (Ro.16:17,18; Ti. 3:10,11; 1 Tm. 6:3-5; 3:1-5;  Jd.22,23), guardándose (2 Pd. 3:17; Fil.3:2; Mt. 7:15-20), no juntándose (1 Co. 5:9-13), entregando a Satanás (1 Co. 5:1-8 ; 2 Co. 2:5-11; 1 Tm. 1:18-20), tapando la boca (Ti. 1:10-13; 2:15), probando los espíritus ( 1 Jn. 4:1-6), no dando la bienvenida (2 Jn. 1:7-10).


Lo anterior en relación a la iglesia local en su disciplina interna. En cuanto a la disciplina en el ámbito de la obra apostólica, se trata también con los ancianos que pecan (1 Jn. 5:19-20), se resuelven los casos no resueltos de una iglesia local (2 Co. 13:1,2,10; 2:5-11). Las relaciones entre obreros se ven, por ejemplo, en Tito 1:10-13; 3:10,11; 1 Tm. 1:18,20; 6:3-5; 2 Tm. 3:1-5. Aun los apóstoles son probados por las iglesias locales (Ap. 2:2; Gal. l:6-9; 2 Co. 11:1-4).

Pero también el Señor mismo disciplina a sus iglesias en general (Ap. 2 y 3 ). Reprende el que se deje el amor primero, el que se retenga el nicolaísmo y el balaamismo, el que se tolere el jezabelismo, el que no se guarde lo recibido y el que se sea tibio. Además de estos asuntos de Dios, están los ya mencionados doctrinales, litúrgicos, financieros, etc.; lo que la iglesia ate o desate en nombre del Señor, así será.



O.  Los Jueces de Dios


"6Y dijo a los Jueces: Mirad lo que hacéis; porque no juzgáis en lugar de hombre, sino en lugar de Jehová, el cual está con vosotros cuando juzgáis. 7Sea, pues, con vosotros el temor de Jehová; mirad lo que hacéis, porque con Jehová nuestro Dios no hay injusticia, ni acepción de personas, ni admisión de cohecho" (2 Cr. 19:6,7).

No puede establecerse el reino si el mal se levanta con impunidad. También sin dirección se dispersa al pueblo. Así como Josafat estableció jueces en las ciudades de Dios, también en el Nuevo Testamento fueron establecidas autoridades. Dios delega su autoridad, la cual debe representar a Dios fielmente sin excederse ni retraerse. Moisés, al golpear dos veces la roca, en vez de meramente hablarle como Dios había dicho, se excedió y le fue prohibido entrar a Canaán. Saúl, al contrario, por no hacer juicio contra Agag y el anatema, se retrajo de representar la indignación de Dios y fue desechado y reemplazado por David, un hombre según el corazón de Dios. La autoridad de los ungidos de Dios no radica, pues, en sí mismos, sino en Dios mismo. Son canales del Espíritu de Dios que hablan por Él conforme a la Palabra de Dios, sin pretender llevar a nadie hacia sí mismos, sino hacia Dios, representando Su voz y sentir. La autoridad es del Espíritu, el cual habla por Su Palabra.


Ahora bien, tal Espíritu y Palabra divinos moran y se expresan a través de los escogidos de Dios. Tal manifestación es el ministerio, y su medida constituye la delegación de autoridad. La autoridad delegada, pues, representa al Señor, y su responsabilidad es hacerlo con fidelidad. En la obra del Señor, en el cuerpo de Cristo, la delegación de autoridad recae en los apóstoles. El Señor Jesús mismo es el apóstol de nuestra  profesión (He. 3:11), no haciendo nada por sí mismo, sino actuando y hablando en el nombre del Padre. Los doce apóstoles del Cordero, testigos oculares del ministerio público de Jesucristo, entre quienes había columnas, son el cimiento de los muros de la santa Ciudad de Dios. Aparte de los doce apóstoles del Cordero, Efesios 4:10-12 habla también de apóstoles edificadores del Cuerpo de Cristo constituídos tras la ascensión del Señor Jesús a lo largo de la historia de la Iglesia para edificarla hasta la medida perfecta.


Tales fueron Jacobo, Pablo, Bernabé, Silvano, Timoteo, Apolos, Andrónico, Junias y otros semejantes a éstos. Y en la obra también, como en la iglesia local, existen diáconos, en la obra existen apóstoles delegados por las iglesias para administrar los donativos extralocales.


Por su parte, en cada localidad donde está establecida la iglesia, debe establecerse un presbiterio y un cuerpo de diáconos. El presbiterio es la junta de obispos o ancianos. La labor apostólica de la obra, como ya hemos dicho, consiste en evangelizar, discipular, fundar iglesias, establecerlas y confirmarlas, corrigiendo lo deficiente, instruyendo, enseñando, ordenando, estableciendo ancianos y amonestando a los ancianos que pecan, tratando en concilio las dificultades doctrinales, y manteniendo la diestra de compañerismo con los demás equipos apostólicos, para edificar así el cuerpo de Cristo en unidad. Por su parte, en la iglesia local, el presbiterio de obispos, cuya jurisdicción es la ciudad de sus labores, sus funciones son las de predicar, enseñar, apacentar, asistir, presidir, gobernar, juzgar, administrar, tratar asuntos doctrinales, representar a la iglesia local en los concilios y ante los apóstoles, delegar, enviar apóstoles por el Espíritu Santo. Las dificultades internas de la iglesia local no deben llevarse ante los incrédulos (1 Cr. 6:1-5) sino solo ante los santos de mayor estima, los cuales son los ancianos, cuya función, además de supervisar como obispos, es juzgar con equidad, de parte de Dios, en los pleitos internos.


He aquí, pues, los jueces de Dios que trabajan juntamente con la iglesia, la congregación de Dios. Los diáconos son aquellos que se ocupan de atender las necesidades de tipo material entre los santos de la iglesia. Dignos son todos estos, del respeto y sustento de la iglesia.



P.  La Casa de Dios


"Él edificará casa a mi nombre, y él me será a mi por hijo, y yo le seré por padre" (l Cr. 22:10a).

"12Él me edificará casa, y yo confirmaré su trono eternamente. 14Lo confirmaré en mi casa y en mi reino eternamente, y su trono será firme para siempre" (l Cr. 17:12,14).


El Hijo de David, Aquel quien al Padre Dios edifica Casa, es el Señor Jesucristo. Él dijo: "Y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella" (Mt.16:18). La Iglesia es la Casa de Dios, como escribe el autor a los Hebreos: "Pero Cristo, como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza" (He.3:6).


La familia de Dios es el templo de Dios: "¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?" (l Co. 3:16).

"Nosotros (los apóstoles) somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios" (1Co. 3:9). "Y ¿qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos?  Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo" (2 Co. 6:16). "Vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales a Dios por medio de Jesucristo" (l Pd.2:5). "Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí" (Ap. 3:12a). La Casa de Dios es la iglesia de Dios. Su edificación está tipificada en todo el Antiguo Testamento. Jacob al despertar del sueño en que vio de parte de Dios que una escalera descendía del cielo hasta donde él estaba recostado, ungió la piedra, y la llamó Beth-El, casa de Dios. Moisés erigió el tabernáculo, David preparó el templo de Dios y Salomón lo construyó. Joiada, Josafat, Ezequías y Josías lo repararon, Zorobabel lo restauró.


Hageo y Zacarías animaron la restauración, Esdras y Nehemías extendieron su influencia reedificando alrededor de él la ciudad, los muros de la Jerusalén caída. En el Nuevo Testamento tenemos ya la realidad, la edificación del cuerpo de Cristo para que en él more y se contenga Dios, y desde él se exprese, y su autoridad fluya llegando a todos los confines de la tierra, como el río que vio Ezequiel que salía del trono de Dios, del Lugar Santísimo de la casa de Dios cuyo nombre es Jehová Shama, Dios presente allí. Esta edificación es el sentido de todo el libro primero de Crónicas, y los principios del segundo. Sus vicisitudes son el resto del libro, y su restauración es el libro de Esdras al que Crónicas funda como recapitulación supletoria rubricante y fundante.


Todos los detalles del tabernáculo y de la casa, y de la visión gloriosa de Ezequiel, se refieren a los pormenores de la edificación en Cristo del misterio. El misterio de Cristo es su cuerpo, la incorporación de Cristo en la iglesia como esperanza de gloria, haciéndola su esposa, carne de su carne y hueso de sus huesos. El cuerpo es uno solo. La división está prohibida y es pecado . La Casa debe restaurarse para que sea llena de toda la plenitud de Dios.



Q.  El Ministerio de la Casa de Dios


"Estos son los hijos de Leví en las familias de sus padres, jefes de familias según el curso de ellos, contados por sus nombres, por sus cabezas, de veinte años arriba, los cuales trabajan en el ministerio de la casa de Jehová" (l Cr. 23:24).

El ministerio de la Casa de Dios consiste en el servicio coordinado de los siervos de Dios ejerciendo el sacerdocio real para que la presencia y gloria de Dios sea atendida y expresada en el reino de Dios. Dios desea morar en su casa y expresarse desde allí extendiendo la influencia de su autoridad desde allí hacia el resto de la creación, hasta los límites del reino. El ministerio es el servicio coordinado para que esto sea así. No hablamos aquí de la diversidad de ministerios de que nos habla Pablo en su epístola a los Corintios (l Co. 12:5). Aquello se refiere a los distintos servicios que prestan los siervos de Dios, los cuales son de varias clases: Apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. Cada uno presta un servicio particular distintivo. Pero el ministerio de la casa de Dios, en singular, es el servicio coordinado de todos los santos en la edificación del cuerpo de Cristo, la casa de Dios, para que ésta sea llena de la plenitud de Dios, de modo que ésta sea expresada en gloria corporativamente cual capital neojerusalémica del universo. El Nuevo Testamento no sólo nos habla en plural de ministerios, sino que se refiere también en repetidas ocasiones en singular al ministerio. Pablo escribía a los Efesios: "11Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros; 12a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, 13hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo, 14para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error, 15sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, 16de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor" (Ef. 4:11-16).


La obra del ministerio para la edificación del cuerpo de Cristo, el singular y corporativo ministerio de la casa de Dios, se dirige a la plenitud de Cristo, para que sin fluctuar, el cuerpo en forma coordinada sea edificado en el todo de Cristo y de Su amor. Este ministerio es, pues, corporativo. Por eso los apóstoles tenían conciencia, no sólo de haber recibido cada uno en particular un ministerio, sino también de que el servicio de cada uno era apenas una parte del ministerio corporativo que entre todos habían recibido.

Como el Padre envió al Hijo, el hijo por el Espíritu Santo envía al cuerpo, cuya representación es el apostolado. Esta conciencia corporativa del ministerio, compartido por el colegio apostólico, se nota en las palabras de Pedro con ocasión del remplazo de Judas Iscariote por Matías. Decía Pedro: "Y era contado con nosotros, y tenía parte en este ministerio" (Hch. 1:17) Y los apóstoles cuando oraron unánimemente por Matías, dijeron: "Para que tome la parte de este ministerio y apostolado, de que cayó Judas por transgresión, para irse a su propio lugar" (Hch. 1:25).


De modo que cada uno apenas tenía una parte del ministerio corporativo. El colegio en pleno era el depositario del ministerio de la casa de Dios. Pablo también hablaba en esos mismos términos: "Por lo cual, teniendo nosotros este ministerio según la misericordia que hemos recibido, no desmayamos" (2 Co. 4:1); el plural del nosotros, comparte el singular del ministerio.


Tal ministerio tiene varios aspectos y se le denomina según ellos de varias maneras. En contraste con el ministerio del Antiguo Pacto, Cristo tiene un mejor ministerio: "Pero ahora, tanto mejor ministerio es el suyo" ( He.8:6a). El ministerio de Cristo, el del Espíritu y el de la Iglesia, es el ministerio del Nuevo Pacto, el ministerio del Espíritu, el ministerio de justificación, el ministerio de la reconciliación. El ministerio, singular, del Antiguo Pacto, era un ministerio de la letra, de condenación y de muerte (2 Co. 3:6,7,9); en cambio el ministerio del Nuevo Pacto (2 Co. 3:6) es el ministerio del Espíritu (v.8), el ministerio de justificación (v.9) y el ministerio de la reconciliación (2 Co. 5:18). Tal ministerio es corporativo y tiene el fin de edificar para Dios una casa reconciliando, justificando, vivificando y edificando, de modo que Dios pueda morar en Espíritu y hacer notorias sus grandezas. Todos los santos son equipados para trabajar en la obra del ministerio (Ef.4:12).



R.  El Trono de Dios


"Y se sentó Salomón por rey en el trono de Jehová en lugar de David su padre, y fue prosperado, y le obedeció todo Israel" (1 Cr. 29:23).

El trono, pues, en que se sentaron David y Salomón, no sólo fue el trono de ellos, sino el trono de Dios; es decir, ellos estaban allí no para representarse a sí mismos sino a Dios. Por eso Saúl fue desechado, porque no representó fielmente la autoridad de Dios.

Cuando Dios llena su casa y establece a sus ungidos, Él delega su propia autoridad. Que al trono de Salomón se le llame, trono de Jehová, significa que la autoridad divina había sido delegada a Salomón y que éste no reinaba en su propio nombre, sino en el de Dios. Es por ello que cuando la persona o el pueblo, la casa, a la que Dios delega autoridad, se pervierte, Dios la desautoriza y la hace a un lado con el fin de no ser mal representado. ¡Qué solemne admonición y responsabilidad! Cuando Dios levanta su casa y la llena, es para poner allí su propia autoridad en forma delegada. "Subid al monte, y traed madera, y reedificad la casa; y pondré en ella mi voluntad, y seré glorificado, ha dicho Jehová" (Hag.1:8).


El Padre, que envió al Hijo, mora en Él; y con Él viene; el Espíritu Santo, con el Padre y el Hijo, viniendo en el nombre del Hijo que viene en el nombre del Padre, mora en la iglesia, la cual va a las naciones en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Quien recibe a los enviados del Espíritu en nombre del Hijo, recibe al Hijo; y el que recibe al Hijo recibe al Padre. Lo que dos o tres de la iglesia, aten o desaten en nombre del Hijo en la tierra, es atado o desatado en el cielo. A quien la iglesia por el Espíritu Santo remita o retenga los pecados, le son remitidos o retenidos (Jn.20:22,23; Mt. 18:19). Esa es la autoridad divina que el Padre por el Hijo y por el Espíritu Santo delega a la Iglesia. Cuando Pedro en el día de Pentecostés proclamó remisión de pecados a quienes creyesen en Cristo, arrepintiéndose y bautizándose, desde ese día, las puertas del reino están abiertas y Dios honra la proclamación apostólica. Cuando Pedro y Pablo castigaron, el uno a Ananías y Safira, y el otro al mago Elimas, el cielo ejecutó el castigo con muerte en un caso y con ceguera en otro.

El trono de Dios está en la Casa de Dios. Allí su autoridad está delegada.



S.  El Reino de Dios


"Sino que lo confirmaré en mi casa y en mi reino eternamente, y su trono será firme para siempre" (1 Cr.17:24).

"Y de entre todos mis hijos(porque Dios me ha dado muchos hijos), eligió a mi hijo Salomón para que se siente en el trono del reino de Jehová sobre Israel" (1 Cr.28:5). "Y ahora vosotros tratáis de resistir al reino de Jehová en mano de los hijos de David" (2 Cr.13:8a).


El reino es la esfera a la que llega la influencia de la autoridad del trono. La casa es para el trono, y el trono es para el reino. Dios delega su autoridad a la casa para que desde ésta se extienda la influencia divina por todo el reino;  Zorobabel restauró primero la casa, entonces Nehemías, la ciudad y el reino. La autoridad de Dios no debe confinarse a las cosas cúlticas de la casa, sino que debe ejercerse sobre todos los aspectos de la vida. El reino es la economía Divina en la que todos los aspectos de la vida y en la que todo tipo de relaciones se realizarán según la virtud y la voluntad de Dios.


Dios quiere el señorío del hombre sobre las obras de sus manos. La naturaleza y el sentir divino, el fluir de su Santo Espíritu, debe permear por medio del canal del hombre corporativo, el nuevo, la casa, el cuerpo de Cristo, todos los flancos de la realidad, no sólo los espirituales. Lo espiritual, lo psíquico, lo biológico y lo físico deben venir bajo el gobierno del Espíritu.


El reino abarca no sólo el área de la fe, sino de toda la conducta. Todos los aspectos del pensamiento y del quehacer humanos deben reflejar el reino. El reino se da cuando la vida divina es expresada en la comunidad humana. Las relaciones de la Trinidad son la virtud y modelo de las relaciones de los miembros del cuerpo de Cristo. Y las relaciones intrínsecas de la iglesia son la luz del mundo, la sal de la tierra y el fermento de toda la masa. El ministerio de la casa es para que la autoridad del trono conforme el reino. El trabajo es el reino en vistas de la gloria Divina. Que el nombre del Padre sea santificado y que su reino venga y que su voluntad se haga en la tierra como en el cielo. Que la Iglesia discipule a las naciones para Dios. No sólo individuos, sino naciones: Toda la estructura nacional debe ser influenciada por la autoridad del trono de Dios en la iglesia.



T.  La Gloria de Dios


"Y no podían los sacerdotes estar allí para ministrar, por causa de la nube; porque la gloria de Jehová había llenado la casa de Dios" (2 Cr. 5:14).

La gloria de Dios es el fin último de todas las cosas. Todo es de Dios, por Dios y para Dios. En vano se afanan las naciones, puesto que la tierra, dice Jehová, será llena del conocimiento de su gloria (Ro.11:36. He.2:13,14). "A Dios sea gloria en la iglesia por los siglos de los siglos" (Ef.3:21).

El beneplácito y propósito de Dios se centraba en la manifestación de su gloria. Llenar con ella Su casa y expresarse desde ella. Esa es la línea central que muestra toda la tipología. La obra de Dios es para realizar Su propósito, lo cual resulta al fin de la edificación. "16Y despertó Jacob de su sueño, y dijo: Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía. 17Y tuvo miedo, y dijo: ¡Cuán terrible es este lugar! No es otra cosa que casa de Dios, y puerta del cielo. 18Y se levantó Jacob de mañana, y tomó la piedra que había puesto de cabecera, y la alzó por señal, y derramó aceite encima de ella.


19Y llamó el nombre de aquel lugar Bet-el" (Gn. 28:16-19 a). El aceite sobre la piedra simboliza el misterio final de Bet-el. Jesús también hablo a Natanael, diciéndole que vería el cielo abierto y ángeles que subían y descendían sobre el Hijo del Hombre. He allí la escalera al cielo.


Y de la misma manera como en Bet-el el aceite ungió la piedra, en el desierto, en tiempos de Moisés, cuando el tabernáculo terminó de ser erigido conforme a las instrucciones divinas: "34Entonces una nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria de Jehová llenó el tabernáculo. 35Y no podía Moisés entrar en el tabernáculo de reunión, porque la nube estaba sobre él y la gloria de Jehová lo llenaba" (Ex. 40:34,35). Cuando la gloria de Dios está presente, no hay lugar para el hombre. Dios lo llena todo. Lo mismo aconteció en tiempos de Salomón al erigir el templo. La gloria lo llenó y los sacerdotes no podían entrar.


Cuando Israel se rebeló, la gloria abandonó la casa y el pueblo fue llevado en cautividad y el templo derruido. Pero en ese mismo tiempo Dios mostró a Ezequiel una visión del futuro de la gloria de Dios, en el templo: "1Me llevó luego a la puerta, a la puerta que mira hacia el oriente; 2y he aquí la gloria del Dios de Israel, que venía del oriente; y su sonido era como el sonido de muchas aguas, y la tierra resplandecía a causa de su gloria. 4Y la gloria de Jehová entró en la casa por la vía de la puerta que daba al oriente. 5Y me alzó el Espíritu y me llevó al atrio interior; y he aquí la gloria de Jehová llenó la casa" (Ezq. 43:1,2,4,5). La puerta del oriente representa a Cristo, el Hijo de David, que edifica casa para el Padre. Zorobabel reedifica la casa, de lo cual había profetizado el profeta Hageo tipológicamente con miras a los tiempos mesiánicos: "6Porque así dice Jehová de los ejércitos: De aquí a poco yo haré temblar los cielos y la tierra, el mar y la tierra seca; 7y haré temblar a todas las naciones, y vendrá el Deseado de todas las naciones; y llenaré de gloria esta casa, ha dicho Jehová de los ejércitos. 9La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos" (Hag. 2:6,7,9a).


La verdadera casa es el misterio de Cristo. Por eso el Señor tomó a tres testigos de entre sus apóstoles y se transfiguró ante ellos y "34vino una nube que los cubrió; y tuvieron temor al entrar en la nube. 35Y vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado; a él oíd" (Lc.9:34b,35). A tal experiencia se refería Pedro apóstol: "16Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad. 17Pues cuando ál recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Mijo amado, en el cual tengo complacencia. 18Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo" (2 Pd.1:16-18). Por lo cual también el apóstol Juan decía: "(Y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre)" (Jn.1:14b). La culminación del programa divino es la manifestación de Su gloria desde Su casa.


En Apocalipsis 4:3 nos dice que el aspecto de Aquel que estaba sentado en el trono, era semejante a piedra de jaspe y de cornalina. Este pasaje corresponde exclusivamente al Dios de la creación. Sin embargo, en Apocalipsis 21:11, la gloria de Dios aparece transfigurándose a través de su diáfana Esposa, la Nueva Jerusalén: "10Y me llevó en el Espíritu (escribe Juan) a un monte grande y alto, y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, 11teniendo la gloria de Dios. Y su fulgor era semejante al de una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, diáfana como el cristal" (Ap. 21:10,11). La gloria, pues, que el Padre ha dado al Hijo, el Hijo da a la iglesia (Jn.17:22). El misterio de Dios es Cristo (Col. 2:2), y el misterio de Cristo es la iglesia (Ef.3:4-6; 5:32; Col. 1:26,27). En la venida de Cristo seremos manifestados en gloria (Col. 3:40) y reinaremos con Él dando lugar a su expresión y reino.


Este es el sentido teleológico de toda la santa Palabra de Dios y obviamente la culminación de esta aproximación a Crónicas. ¡A Dios sea la Gloria en la Iglesia que el Hijo de David ha edificado al Padre, por los siglos de los siglos! Amen.


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